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Ojos para Amor

septiembre 17, 2008

September 17th, 2008 Oscar Rovira Posted in Cuentos, Personal | 1 Comentario » Edit |

(Alexis Ivó)
BARCELONA ESPAÑA 

Septiembre 2006

“Sólo el amor engendra la maravilla, sólo el amor consigue encender lo muerto”

Silvio Rodríguez

Para la mirada perdida que busco: O. , si no he de encontrarte, no pierdas la tuya

 

No. SERIE 239

 

 

 

 

 

 

 

En un claro de la selva, existió, desde hace tanto tiempo como el planeta mismo, un hipopótamo sediento que detestaba el agua y el calor. Sólo caminaba sobre las ramas altas del árbol que también odiaba. Intuía que no había crecido más de veintitrés centímetros de altura, porque de haber sido más grande, derribaría al árbol que era su prisión.

Cada amarga mañana, los agudos rayos de luz molestaban sus ojos. Golpeaba el tronco con furia y meditaba: tenía que escapar de aquello que lo ahogaba o tenía que morir.

Su constante pesimismo lo animó más a la muerte que a otro escape; la opción natural era dejarse caer, pero le pareció indigno, desagradable; se le ocurrió dejar de respirar pero se dio cuenta de que, en todo caso, terminaría en el piso. Decepcionado, se molestó aún más con el árbol púrpura que lo obligaba, como a un niño, a vivir. Por ojos y boca blasfemó fuego, maldijo tanto que hizo de groserías un himno dolorido que reclamaba ayuda y a la vez, suspiraba. El gran sol se escondía tras la luna, y el viento, obediente de su naturaleza, llevó sus notas por toda la selva y los confines de la tierra. Al escuchar esa súplica todos los animales acudieron: Las golondrinas llamaron a gaviotas sordas y ellas llamaron a pulpos y esporas que se revolcaban en el charco de las lágrimas vehementes del hipopótamo.

-¿Qué te pasa? -Le graznó un pato. Y este personaje regordete que vivía en un árbol, le dijo:

-¿Quién eres tú para hablarme? ¡Lárgate! A su deseo el pato murió de inmediato. El hipopótamo lloró de inmediato. Los pulpos que nadaban en el llanto y las esporas, se paralizaron, explotaron. Era hermoso, fascinante. Todos los animales miraban temerosos. “Mi voluntad obtiene la muerte”. Pensó. He encontrado motivo suficiente para sobrellevar otros nueve años de vida.

En ese lapso, el paquidermo mató seis jirafas, seis elefantes, un tigre, dos ríos, un cielo, una noche y un espejo; todos ellos dignos de su palabra. Lo único que inquietaba su pensamiento era que cada vez que mataba algo, absorbía la vida que arrancaba y eso le impedía morir como lo tenía planeado, además ya nadie quería siquiera pasar cerca por miedo a sufrir la misma suerte; los nueve años estaban por cumplirse y él estaba lleno de vida: había crecido otros veintitrés centímetros, engordado otros cuarenta kilos que apoyaba en las ramas del árbol y, sin darse cuenta, estaba ya a un metro del piso; su problema ahora medía menos, bastaba un salto para irse de ahí. ¿Es qué la muerte es principio de la vida y la vida, libertad? No sabía qué hacer. Por muchos, muchos siglos antes, abrazó la idea de que encontraría aquello que justificaría su árbol y sus muertes; lo que daría, tal vez, refugio tranquilo a sus pesadillas pero, aceptando su fatalidad, desechó la idea. Se vistió de resignación fulgurante que gritaba a todas las criaturas: ¡Soy la muerte, deduzcan su sino! ¡Nada más importa!

Pero ahora que era libre y tenía la simpatía de un pato, la humildad de seis jirafas, la inocencia de seis elefantes, la fuerza de un tigre, la energía de dos ríos, la inmensidad de un cielo, la paz de una noche y la magia de un espejo; quiso probar el escape hacia la vida, la furia para la vida, la obsesión por la vida, el ahogo entre la vida. Besó sus raíces, las mismas del árbol y echó a correr desbocado. Corrió hasta que lo detuvo una Mirada y lo retuvo tres mil noches.

Mientras ese tiempo transcurría, él era incapaz de siquiera preguntarse por qué estaba justo ahí, en el pastizal. Abominaba el agua, pero pudo haberse detenido, por obra del imán de esa Mirada, hasta en el medio de un lago.

Pasaron ocho inviernos, su piel se resecó con el viento, se humedeció con la lluvia pero no lo notaba. Un día vio que su Mirada, la que veía y hacía suya, se movía pegada a un cuerpo. Su intuición no predecía, ni su mente inventaba, era la primera vez que se le ocurría que aquellos ojos pertenecían a alguien.

Cada vez más claros, cada vez más cerca y él sólo pudo preguntarse si esos ojos serían capaces de perdonar una última muerte, si ese cuerpo era capaz de percibirlo, si podría olerlo.

El corazón de la Mirada sintió un lugar seguro; espantado, rompió tres costillas de un latido. La Mirada vio un pato, seis jirafas, seis elefantes, un tigre, dos ríos, un cielo, una noche, un espejo con el que jugó fascinada hasta que escuchó el primer paso del hipopótamo; tan tembloroso, tan decidido como sólo se puede dar en plena oscuridad, con toda incertidumbre, como son siempre los pasos de quien encuentra una Mirada.

 Una nube de tormenta, perezosa, ordenó que se detuviera cada una de sus gotas; todas obedecieron, salvo tres: una rozó a una mariposa que hace poco había aprendido a amar. Las otras parecieron dos lunares en el cuerpo de la Mirada; desde ese momento, uno llamaba al otro, pero nunca pudieron reunirse, buscándose, siempre se movían.

El hipopótamo dio otro paso, las raíces de su árbol le acompañaban tratando de asirlo al piso; intentó matar al árbol desde lejos, pero olvidó cómo hacerlo. Al tercer paso se asustó, ya no sabía quién era.

Antes, hubiera podido al menos, ofrecer la muerte; hubiera podido matar un ocaso, hubiera podido matar un eclipse -como aquél al que perdonó el mismo día que mató al pato- ¿pero ahora?, ¿ahora que, ante su Mirada, se daba cuenta de que la posibilidad del hubiera era la pretensión más estúpida jamás concebida? ¿Qué quedaba, si sólo era absorción de vida ajena? ¿Qué subsistía? si jamás había creado algo, ni siquiera un gesto; si nadie sabía pronunciar su nombre, el verdadero, el que él mismo no sabía.

El cuarto paso tardó más en llegar. El quinto coincidió con el primero de ella. El sexto se anticipó a su propia duda. Con el séptimo ocurrió a sus pies la postergada avalancha diminuta de polvo, hermosa por su enorme estruendo.

Se reunieron con ingenua curiosidad, la Mirada descubrió otros ojos frente a ella, se asombró de verse reflejada en ellos como con el espejo. La nube seguía conteniendo la lluvia y la respiración para no perderse un instante. El viento se aburrió y se fue al norte. El hipopótamo sintió cosquillas en las piernas y se dio cuenta de que las raíces se habían perdido en el camino; era sólo el pasto crecido que lo acariciaba; le pidió que lo ayudara a esconderse pero el pastizal no aceptó. El sol en el horizonte se despedía agitando sus brazos y la Mirada no estaba.

Nervioso, revolvió con sus patas las piedras y la tierra, hurgó en la nube haciéndola llover; tenía el estómago encogido y la angustia que se le venía insinuando, lo derribó.

-¿Estás bien? ­-Lo interrumpió una voz tranquila a su espalda. Se quedó quieto pero seguía agitando la cabeza, ahora en busca de la voz. -¿Por qué no puedes verme? Estoy aquí. ¿No quieres verme?

No sabía de donde venía la voz y aunque lo supiera, él buscaba una Mirada. Ahora tenía un aguacero encima, el cielo de gris difuso y la primera estrella, tenía unos ojos perdidos y una voz; la emoción desanimada y su cuerpo lloraba lluvia. La nube se compadeció y lanzó un rayo para iluminar el paisaje, pudo distinguir una silueta frente a él y sonrió; le dolió la cara. ¿Qué mueca es ésta que he hecho? Se preguntó pasmado y recuperó de inmediato su expresión dura. El frío le sobrecogió y tembló justo cuando el calor de una mano tomó la suya rolliza, guiándolo por un sendero hasta una cueva. Estaba tranquilo y todo era cálido ahí. La nube les lanzó otro rayo de luz y lo hizo durar dos segundos, en la intermitencia pudo ver una silueta que buscaba algo entre las estalactitas, lo había encontrado: se encendió un fósforo sobre una lámpara; las sombras temblaban y una mariposa se secaba las alas al fondo. El hipopótamo vio con nitidez gradual el cuerpo dueño de los ojos que le dieron la Mirada tres mil días, no pudo hablar. Se sentó frente a él y con la misma voz serena que lo había llamado antes, pronunció su nombre:   

– Amor.

-¿Cómo? –Estaba desconcertado.

-Tú.

Un escalofrío lo recorrió, su voz trémula repuso:

-No, tú eres Amor, tú eres, se trata de ti. Sí; dijo ella. Se trata de mí, y se trata de ti.

-¿No me tienes miedo? – Ella rió sinceramente.

-¿Y por qué iba a tenerte miedo? El miedo es lo único que me impediría siquiera pensar en ti.

-Todos me temen, no quieren acercarse a mí, a veces fingen no verme. Yo sólo sé matar.

-Aún matando, sobretodo por eso. He recorrido galaxias, lunas, cometas y planetas enteros buscándote, estoy segura de que eres tú: Tú eres Amor. Y a mí no puedes matarme.

-A veces ni yo mismo puedo controlarme. ¡Claro que podría matarte!

-No puedes matarme porque yo no espero nada de ti, sólo se muere por amor cuando se espera algo a cambio, yo sólo quiero que seas Amor.

-Ni siquiera sé qué es eso –Empezaba a enojarse. Le voló por la mente la preocupación por la apariencia marchita que debía tener después de todo lo que había pasado.

-Es belleza simple, como una flor, el reflejo de un ángel que ha besado un capullo.

-Yo soy un hipopótamo.

-Es sólo la forma que has querido tomar.

-Siempre he sido un hipopótamo –Ahora se divertía, creía que ella estaba loca.

-No. Has sido galaxias, bosques, dinosaurios, rocas, nubes, manos, fuego… ¿lo has olvidado? Ahora mismo yo puedo ver tu simpatía, inocencia, humildad… Puedo ver… Tu magia.

-¿Cómo puedes verlo? ¿Por qué estás tan segura?

-Te siento -Soltó su cabello y volaron millones de pétalos-. La naturaleza del amor es matar aquello que merece morir en su nombre: los ocasos, el mar, un alma sincera, Dios mismo. Quien conoce tu forma real está siempre dispuesto a morir por ti.

-¿Tú has matado?

-Sólo a un árbol púrpura.

-¿A mi árbol?

-Sí.

El hipopótamo no alcanzaba a comprender; quería aferrarse a algo, sus caminos se dispersaban, la idea que había tenido de todo, su filosofía, se disolvía entre las palabras de su compañera. Se desplomó.

Despertó en la madrugada, en plena oscuridad, ella estaba a su lado. Todo intento de razonamiento se desvanecía ante la respiración tranquila de la Mirada dormida. Entre la paz del ensueño escuchó: ¿Me perdonas? Antes de considerarlo, él asintió con la cabeza. Su intención de muerte se convertía en perdón espontáneo. Sintió aún más cerca el cuerpo de su Mirada. No tenía árbol a dónde volver pero la tenía a ella y quería que ella lo tuviera a él. No se sabe algún otro corazón de hipopótamo que haya latido al punto de detener, durante seis segundos, la rotación de la tierra -desde entonces, todos nuestros relojes mienten enojados-.

Ella se anticipó a su pregunta:

-Sé que tus dudas construyen un laberinto, sé que antes de que puedas aclarar la primera, habrán surgido siete más. No preguntes, los interrogatorios acerca del amor, no hacen más que liquidarlo antes de que aparezca. Sólo sé quien eres, te he visto en mis sueños. No tengo más respuestas, no puedo ofrecerte ningún porqué.

Se emocionó y brincó. Él no conocía las marañas que los hombres han inventado para rebuscarlo, para menguarlo. Por primera vez en toda su vida, se sentía radiante:

-Puedo hacer lo que tú quieras… podría intentar matar de nuevo, podría cambiar de color si tú quieres.

-¿Quieres que yo cambie de color? –La ironía le brotaba comprensiva.

-No, tú no. no quiero que cambies nada, eres lo más perfecto que existe.

-Me hace cada minuto más feliz comprobar que eres Amor, lo que tú nunca harías es pedir que otro suprimiera su ser para ti. Sólo amas, así, tal como son las cosas. Tampoco quiero que cambies. Quiero eso, tu mera presencia, no tienes que hacer nada.

Un ángel pasó y les robó la voz. La mariposa quedó hechizada con su presencia y le invitó a sentarse a su lado.

El tiempo es una dimensión sublime. Cada quien vive un tiempo, su propia secuencia de hechos, su colección de cambios y, además, está el tiempo que corre solo y aunque todos estamos ceñidos a él, es el que, a fin de cuentas, menos importa.

-¿Para qué soy este que soy?

-Para vivir.

-Te diré… desde hace siglos que lo que más deseo es morir -. Ella no dijo nada. Un grillo anunciaba su presencia. –Descubrí con ansiedad que mi vida o mi muerte no cambian nada…- Sus labios se detuvieron. Veía sin mirar el paisaje que goteaba el reciente temporal y el sutil arco de colores tiernos en el cielo. Amanecía. –Me he sentido siempre muy solo -. Susurró.

-¿Y tú árbol?

-Pasé ahí toda mi vida, a veces lo amé, otras lo odié, no sé si lo extraño o estoy agradecido de que ya no exista más.

-Tú no existes mientras no haya alguien… algo, que reciba tu emoción cuando grita.

Escuchaba en su interior argumentos que no podía llevar a palabras, su alma renacía con agonizante dolor de parto. Le brotó una lágrima imaginaria. Tenía ganas de llorar pero sus ojos no.

-Eres un milagro -Dijo la Mirada y lo abrazó con vertiginoso apego, con fuerza, anhelaba fundirse en él para siempre. Poco a poco, se infiltró por cada uno de sus poros, pero él no se dio cuenta pues ese abrazo provocó un terremoto y el terremoto un alud de colibríes que se esparcieron por todos los continentes.

De súbito recordó: Los bloques de hielo flotando en los mares, el primer pez que vio, un gorrión que alimentaba a sus pequeños, un caracol, la lava de un volcán que lo perseguía cuando un árbol púrpura lo acogió en sus ramas y no bajó de allí hasta ahora. Se acordaba de aquel miedo que le llevó a olvidarse de sí mismo. Le vinieron también lúcidas fotografías del universo, las estrellas, la Tierra, donde escogió vivir; dragones, dinosaurios, hombres, guerras, , perdón, besos; todas las clases de nubes, de esporas y de insectos. Recordó a Dios.

Amor salió de su letargo cuando sintió los dedos de su Mirada resbalarse discretos como gotas por su espalda. Le pareció que su corazón hervía y el vapor que de él emanaba se iba con su aliento para acariciar lo que se puede ver y lo que no. Su majestuoso sortilegio brillaba dominando la neblina.

El ángel besó a la mariposa y salieron volando sigilosos hacia el horizonte. Un par de estrellas plateadas.

Un gesto vivo se hizo en su cara; volteó hacia su Mirada, volteó a ambos lados, giró, la buscó entre las estalactitas, la llamó a gritos. Pero ella no podía ser voz ya. Desesperación, tristeza… No la encontró.

Ese día renació Amor, ese día murió también. Se preguntó de nuevo si la Mirada hubiera perdonado esa última muerte: la suya. Sintió por primera vez, lo mismo que todos aquellos a quienes había matado.

Murió en la cueva y en el sendero, moría cada vez que daba un paso; mil veces sin poder morir de verdad pues cada que desfallecía, su fuerza se reproducía. Está destinado a ser feliz sólo a ratos. Nunca duerme, no deja de imaginar, sueña, desea y busca por la eternidad la Mirada que le devuelva su reflejo.

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Agua de mar

septiembre 14, 2008

Dejar anclada mi voluntad
en tu puerto,
llevar a cuestas tanto sol
por esperar tu besos.

Jugarme a fuego hasta la razón
y el alma en tu regreso,
poner en donde te faltó
por continuar el cuento.

,
por más que exista no he de tomar,
de qué me sirve ser argumento
si en la distancia no te he de amar.

,
hay tanto riesgo de naufragar
con tanta nube que hay de por medio
por esta historia no hay que apostar.

Hinchar de ganas el corazón
buscando mil pretextos,
por hoy ninguno me sirvió
no hay calma en este infierno.

Guardé el olor que dejaste aquí
flor que quemó el invierno,
si no hay respuesta a mi calor
me voy… me voy con tu recuerdo.

,
por más que exista no he de tomar,
de qué me sirve ser argumento
si en la distancia no te he de amar.

,
hay tanto riesgo de naufragar,
con tanta nube que hay de por medio
por esta historia no hay que apostar.

,
si no me puedes la sed quitar
procuraré un poco de aire fresco
no me hagas preso en tu libertad
En tu inmensidad …
… En tu inmensidad



Año: 1996